josefkeller.partitura

Josef Keller (Viena, 27 de octubre de 1854 – Salzburgo, 24 de febrero de 1902) fue un compositor, pianista y guitarrista austriaco de la segunda mitad del siglo XIX. Concibió el etereofonismo o música etereofónica, un estilo musical muy personal y transgresor con el que anunció algunas de las corrientes de vanguardia más arriesgadas y audaces —por ejemplo el expresionismo musical— del primer tercio del siglo XX.

Denostado por el mundo académico y admirado por una selecta minoría de creadores de su tiempo, llevó una vida frenética, desordenada y turbulenta viajando por los más variopintos rincones del vasto Imperio austrohúngaro y aledaños. Viena, Praga, Bratislava, Budapest, Cracovia, Zagreb, Liubliana, Trieste, Venecia o Múnich; Richard Strauss, Gustav Mahler, Sigmund Freud, Hugo Wolf, Arthur Schnitzler, Gustav Klimt, Antonín Dvořák, Rainer Maria Rilke, Gustav Meyer, Nikola Tesla, József Rippl-Rónai, Adolf Láng, Jacob Burckhardt, Ivana Kobilca, Vladimir Vidrić, Moriz Rosenthal, Albert Einstein, Pietro Mascagni, Arturo Toscanini, George Enescu o el mismísimo emperador Francisco José, son solo algunos de los lugares y personajes que fueron testigos del vagar y divagar de Josef Keller en su aventura creativa y vital.

Y más allá de las fronteras imperiales, otros puntos del Viejo Continente en plena ebullición cultural, como el París de Monet, Renoir, Satie o Mallarmé —donde se estaban gestando ya las inminentes vanguardias— y/o de añeja, sugestiva y rica identidad, como la España del maestro artesano Torres —padre de la guitarra clásica en su versión moderna— y del genial compositor y guitarrista Francisco Tárrega —con quien nuestro protagonista tendría el placer de establecer una fecunda amistad—.

Sus últimos años de vida, en cambio, transcurrieron en medio de un aislamiento creciente y el olvido progresivo por parte de sus coetáneos. Cansado de vagar sin fin y herido de nostalgia, con el despertar del nuevo siglo decidió emprender el camino de regreso a su Viena natal, de la que llevaba ausente más de una década. Extrañaba la fragancia de su ópera y sus teatros; de sus calles, sus plazas y sus monumentos; de sus parques y sus museos; de sus cafés y sus salas de conciertos… Pero sobre todo, anhelaba reencontrarse con sus seres queridos: sus familiares, sus antiguos camaradas y, muy especialmente, con su gran amor, Clementine, al que abandonara años atrás al dejar Viena.

Sin embargo, nunca llegaría a satisfacer este deseo. La muerte le sorprendió en Salzburgo —a donde había acudido siguiendo la estela de su idolatrado Mozart— una gélida mañana de invierno de 1902, cuando ya había recorrido la mayor parte del trayecto de vuelta.

Fue encontrado, días después del deceso, en la habitación de la pensión en la que se albergaba, recostado sobre la cama y acompañado de varias botellas vacías de “noventa grados”, una bebida de altísima graduación similar a la absenta que por aquellos años, como refleja Joseph Roth en La marcha Radetzky, hacía estragos entre los artistas, intelectuales y militares centroeuropeos.

Sus restos se perdieron en el vacío de la indiferencia, la soledad y la desmemoria, seguramente en el anonimato de una fosa común en la ciudad alpina. Su obra, no correría mejor suerte, debido a la desaparición del grueso de sus partituras. Se cree que muchas de ellas fueron destruidas por el propio Keller, víctima de frecuentes ataques de pánico al final de sus días.

Aún hoy, a pesar de sus hallazgos y de haber sembrado, incluso, algunos elementos clave que acabarían germinando en corrientes tan significativas de la modernidad como el atonalismo y el dodecafonismo de la Segunda Escuela de Viena, sus aportaciones a la historia de la música occidental siguen sin ser valoradas como se merecen.